La herencia positiva del confinamiento

ARA Criaturas: La herencia positiva del confinamiento

Paloma Arenós – Criatures 26/03/2021

Conocernos mejor, reforzar el vínculo familiar, aprender a desacelerarnos, valorar la natura, disfrutar de las pequeñas cosas y la resiliencia son los principales aprendizajes de la pandemia y el cierre

Hace dos sábados hizo un año del inicio del estado de alarma, el 13 de marzo del 2020, y del confinamiento obligado, que supuso un descalabro en la vida personal, laboral, social y emocional de todo el mundo, tuviera la edad que tuviera. Más allá de las secuelas negativas que el covid-19 y el cierre forzado han dejado y de la triste pérdida de miles de vidas, el confinamiento también nos ha dejado una herencia positiva que hay que reivindicar. Así lo defienden las psicólogas Agnès Brossa y Amàlia Gordóvil, coautoras del libro Compartir la vida educa (Eumo Editorial), que se acaba de publicar, y Cristina Gutiérrez, educadora emocional y directora de La Granja Ability Training Center, con sede en Santa Maria de Palautordera y a Madrid.

El libro de Gordóvil –doctora en psicología clínica y profesora de la UOC– y Brossa –psicóloga especializada en infancia y adolescencia con 30 años de trayectoria– surgió de manera espontánea atendiendo visitas a sus respectivas consultas. “Siempre nos hemos escrito y hemos compartido vivencias porque enriquecen la mirada profesional. Las dos nos dimos cuenta que, una vez pasados los dos meses del primer confinamiento, teníamos familias, tanto padres como hijos, que nos reconocían que esta parada obligatoria les había ido muy bien porque habían reforzado los vínculos familiares y se estaban conociendo mucho mejor”, destacan. Matizan que en el libro han recogido situaciones de “familias con wifi y calefacción –porque se entienda visualmente–, con una situación económica estable”. Han hablado “con muchas familias, padres e hijos (niños y adolescentes), juntos y por separado, y la primera conclusión es todo el aprendizaje emocional que han adquirido. Han aprendido a gestionar la frustración, a pararse en esta sociedad hiperactivada que tenemos y a disfrutar de las relaciones familiares: padres que redescubren los hijos, hermanos adolescentes que juegan con los pequeños, jóvenes que ayudan a hacer una conexión de Zoom para hablar con los abuelos…”. ejemplifican.

Con esta obra, detallan, han querido rehuir del victimismo en que han caído algunos, incluso, adolescentes. “Todas las generaciones han pasado por situaciones adversas: guerra, posguerra, hambre, pobreza… y han salido de ellas. Es cierto que se tiene que gestionar la incertidumbre y los miedos, pero a un adolescente que tiene la vida solucionada y no se tiene que preocupar de la hipoteca, el teletrabajo o pagar las facturas, le diría: “Esto es cómo cuando te rompes una pierna, que durante un tiempo no puedes hacer las mismas actividades. Coge una actitud proactiva. Quizás no has podido ir de Erasmus, pero te puedes ofrecer de voluntario en la Cruz Roja o a acompañar unas horas un abuelo”, recomienda Brossa. “Esta situación se acabará y lo tenemos que vivir de la mejor manera posible, sabiendo que tenemos una familia que nos quiere y unos amigos que, tanto por pantalla, cuando no nos podíamos ver, como presencialmente, hacen piña”, razona Brossa. “Aprovecha y valora la vida!”, lanzan como grito vital.

Normalizar la muerte

La educadora emocional Cristina Gutiérrez reflexiona que “hace solo un año, la muerte era un tema tabú y, como todo lo que se esconde, se silencia o se disimula se obviaba, cosa que nos asustaba o incluso aterrorizaba. Pero husmear la muerte y sentirla cerca de casa nos ha revelado la importancia de la vida. Ahora tenemos claro que sí, somos vulnerables, y antes o después moriremos. Dejar de vivir como si no tuviéramos que morir nunca será posiblemente lo más positivo que nos quedará de esta pandemia, puesto que nos da la oportunidad de hacer algo interesante y con sentido. Y darnos cuenta que si algo nos tiene que preocupar no tiene que ser morir, sino cómo vivir a partir de ahora”.

Los efectos beneficiosos de una catástrofe colectiva

Una investigación sobre un terrible tornado en los Estados Unidos señaló que el 84% de las personas que lo habían vivido decían que habían descubierto su resiliencia, cosa que les dio más seguridad y confianza en ellos mismos. El 69% de los participantes detallaban que habían crecido y mejorado como personas y un tercio que habían mejorado sus relaciones con la familia, la pareja o los amigos.

El estudio Catástrofes, traumas y conductas colectivas, de Itziar Fernández y Carlos Martin del departamento de psicología de la Universidad de Deusto, detalla que durante una catástrofe hay evidencias de reducción de problemas psicológicos en personas que han tenido “cohesión grupal, redes de apoyo, empatía y sensación de humanidad”.

Según los autores Peter E. Hodgkinson y Michael Stewart, expertos en la gestión emocional de las catástrofes naturales, “la confrontación con la muerte puede revelar la importancia de la vida”. Cristina Gutiérrez, directora de La Granja Ability Training Center de Santa Maria de Palautordera, reflexiona a partir de esta frase y apunta: “Nos puede llevar a desear sentir que existimos, en lugar de ir deprisa por la vida, por ejemplo”. Y añade: “Nos puede orientar hacia la investigación de una misión de vida o un trabajo con sentido. El deseo de cambio de vida en el ámbito laboral ha sido una de las manifestaciones más repetidas que he observado después del primer confinamiento”, concluye Gutiérrez.

La directora de La Granja destaca: «La frase “Tú, en qué miedo descubriste que eres valiente?” cobra todo el sentido. La resistencia personal tiene un componente de valentía, la de superar aquellos miedos que nunca habías tenido que afrontar; un estilo de vida diferente, encerrado y sin ver los amigos; la muerte de un ser querido; no tener control sobre la situación; tener que hacer de madre/profesora/profesional y salirte; o no tener casi ninguna respuesta para casi todas las preguntas que nos hacemos. Ahora, muchos hemos descubierto que somos más fuertes del que creíamos, se nos han roto muchas creencias limitadoras, y esto nos ha dado más confianza y seguridad. Ahora habrá que aprovecharlo», propone como recurso transformador. La conclusión principal es que la pandemia nos ha empujado hacia el autoconocimiento, a buscar más en nuestro interior y a descubrir la resiliencia.

El parchís como metáfora

Las dos psicólogas reivindican el valor social de la familia. “Hemos aprendido a valorar que todo el mundo es importante”, afirman. En el libro destacan el caso de un padre que, en pleno confinamiento, recuperó los juegos de mesa en familia y que concluyó que estos ratos juntos le permitieron redescubrir a sus hijas. “Nos explicaba que él siempre veía la hija pequeña como un trasto, una niña movida, y la grande, cuanto más reflexiva y pausada, y cuando jugaban los papeles se invertían: la grande solo quería matar en el juego, era muy competitiva y activa, y a la pequeña le sabía mal matar las fichas de la madre”. Fue a partir del juego y del tiempo compartido que reconectaron. “Ahora que ya hemos pasado por tres oleadas y que las energías todavía están bajas y cuesta ver la salida, proponemos a las familias que recuperen estos encuentros, un rato de pausa y de relación, que hicieron durante el confinamiento, porque son muy necesarias. Refuerza vínculos, confianza y la escucha atenta. Sobre todo, haces saber a los hijos adolescentes que pueden contar contigo, como padre o madre, que la familia, pase el que pase, está”, expone Gordóvil.

Gutiérrez reconoce que antes del confinamiento, “la importancia de la familia era más teórica, por costumbre, digamos”. Y añade: “Ahora la vemos como un nuevo valor y con más conciencia del peso que tiene el ámbito familiar en nuestro bienestar. Cuando todo el resto ha desaparecido (amigos, deporte, aficiones, ocio…), solo nos ha quedado el hogar y quien vive. Y muchos han descubierto que podían seguir sintiéndose bien, por ejemplo todos los padres y madres que han descubierto y conocido sus hijos. Antes, lo que realmente hacían, era correr todo el día de extraescolar en extraescolar”. “Esta conciencia –dice la educadora emocional– está comportando cambios profesionales y de lugar de residencia. El bienestar de la familia pasa por delante del éxito profesional en muchas familias. Es la primera vez que veo esta tendencia en mi trabajo!”, concluye, satisfecha.

El valor de la natura

Desde La Granja Ability Training Center de Santa Maria de Palautordera, Cristina Gutiérrez observa que “tanto en el ámbito familiar como en el profesional de las organizaciones, se ha creado una conciencia, no teórica o de apariencia, sino real y sentida, de querer interactuar con la natura desde el respeto”. Recuerda que antes de la pandemia, “pasear por el bosque no era suficiente ni tenía valor ni atractivo como actividad en ella misma; siempre teníamos que ofrecer un montón de dinámicas (de aventura o con el caballos y animales)”. En cambio, después del confinamiento, tantos días encerrados en pisos en las ciudades, Gutiérrez constata: “Ahora vienen y nos dicen que ver el prado y las flores es más que suficiente. ¡Estamos flipando!”, exclama. “Las empresas buscan reparar sus equipos con la calma del bosque y recuperar el trabajo en equipo respirando natura y haciendo una simple charla en un prado. Impresionante! A ver si dura”, desea.

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